Encontré un lugar donde se celebra el Don de la Vida

Hace poco me pidieron que comparta un poco mi experiencia en el Hogar Santa Teresa. No crean que me resulta fácil ponerlo por escrito. Convengamos que esto de transmitir no es mi fuerte, hago mi mejor esfuerzo. ¡Ojalá sea de provecho para el que lo lea!

Es que en verdad esta es una de esas cosas que se experimentan muy adentro del corazón; yo sólo puedo hablar de una parte muy chiquita; sólo puedo mostrar “la punta del iceberg”. Hay mucho más en lo profundo, pero para descubrirlo uno se tiene que hundir en la experiencia.

Voy a empezar aclarando unas cosas. Nadie se escandalice al leerlas, por favor. Para ser sincero, no estaba muy seguro con qué me iba a encontrar en Oberá cuando decidí aceptar la propuesta de ir al Hogar como voluntario. Más o menos me habían contado… algo… y más o menos me había imaginado qué era lo que podría llegar a hacer. Siendo aún más sincero, creo que llegué al Hogar sin haberme formado expectativas. ¡Ni siquiera sabía si iba a poder “aguantar” el tiempo que me comprometí estar! (un mes más o menos). Soy ingeniero agrónomo, tengo 25 años, trabajo en el interior con personas y modos muy diferentes a estos que me iba a encontrar ¿en qué me había metido?

Además, sabía que iba a tener que dejar de lado varias cosas que venía haciendo de rutina. Me inquietaba particularmente el hecho de que me iba a atrasar un montón con mi trabajo.

Pero acepté la propuesta. Dije que sí. Algo había en esta oportunidad que me atraía mucho. Me parece que ya intuía que esta experiencia iba a ser un gran aprendizaje y que podría encontrar algo de lo que andaba buscando…

Llegué al Hogar Santa Teresa porque el P. Sergio, un sacerdote amigo, me lo recomendó. Me dijo que me iba a hacer bien. Y tenía razón. El Hogar Santa Teresa -así como el Hogar “Virgen de Luján” en el que pude compartir algunas experiencias- parece listo para hacerte entrar inmediatamente en una dinámica de comunidad, de familia. Simplemente te lleva a estar atento a lo que pasa alrededor: te saca de tu “envoltorio”. Te abre a los demás.

Hay días en los que puede ser muy cansador, pero al mismo tiempo hay algo que te invita a no ceder. Es un “cansancio feliz”, como dice un viejo amigo mío. Sobran cosas para hacer y parece el tiempo nunca es suficiente. Además, uno siempre tiene la libertad de trabajar en lo que se siente más cómodo: ayudar para dar de comer, dar una mano en la cocina, arreglar alguna que otra silla de ruedas, limpiar, o simplemente compartir tiempo con los residentes. ¡Realmente disfrutamos los momentos en que nos juntábamos al aire libre a tocar guitarra y cantar! Incluso pude hacer algunas cosas vinculadas a mi profesión (¡quién lo hubiera dicho!) y tuve la oportunidad de acompañar gente en el hospital de Oberá. Realmente en el Hogar no hay espacio para andar enterrando talentos. Además, si estás dispuesto a aprender, encontrarás que los asistentes son fuentes inagotables de paciencia. A ellos les debo mucho, y merecen mi mejor agradecimiento.

De modo que no tuvo que pasar mucho tiempo para que todas mis reservas y dudas previas a mi visita se disiparan. Algo que me ayudó para que esto sucediera fue elegir ser “permeable” a lo que me rodeaba; a la gente, a su realidad. ¡Uh, eso fue muy impactante para un tipo cómodo como yo! Es la experiencia de compartir. Compartir el tiempo, compartir el silencio, compartir el cansancio, compartir la alegría, compartir historias: con sus partes duras y con sus partes lindas.

Y creo que en ese compartir es que uno va aprendiendo a valorar la propia vida. Y la vida de los demás. Es muy fuerte estar con gente que ha tenido que pasar cosas muy difíciles, injustas y hasta infrahumanas. Es muy fuerte entrar en esas historias y ver que a pesar de todo eso hay una esperanza y una sonrisa sincera en esas miradas.

Ya intuía que esta experiencia iba a ser un gran aprendizaje, y que podría encontrar algo de lo que estaba buscando… y no me equivoqué: encontré un lugar donde se celebra el don de la vida, aún de aquellos que son más frágiles a los ojos de la sociedad, o que ni siquiera entran en los cánones del mundo “eficiente” en el que vivimos. Se celebra la vida y se la comparte. ¡Es una fiesta de la vida! y uno simplemente no puede quedarse indiferente ante esta vivencia.

Juan Marcos Bellomo


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